Antropología cultural de nuestro entorno

6 febrero 2011

CASTELLÓ DE LA PLANA La época moderna (Siglo XV- XVIII)

Castellón de la Plana y sus dos murallas

Vicent Isach

La Diputación restaura una traza para la fortificación de la ciudad de Castellón de tiempos de Felipe II

  • El plano llegó muy deteriorado al Servicio de Restauración y los técnicos han estado trabajando durante tres meses.

El vicepresidente del área de Cultura, Miguel Ángel Mulet, y la responsable del Instituto Valenciano de Conservación i Restauración de Bienes Culturales, Carmen Pérez, han presentado esta mañana, acompañados por el alcalde de la ciudad, Alberto Fabra, una traza para la fortificación de la Villa de Castellón de la Plana, que ordenó realizar Felipe II.

La responsable del Instituto, Carmen Pérez, ha explicado que el plano llegó al instituto en muy mal estado de conservación y ya muy deteriorado.

El dibujo está formado por dos hojas superpuestas de papel artesanal de trapos. El trazo está realizado principalmente con tinta métalo ácida y coloreado con acuarela. “Se presentaba inicialmente doblado y, por este motivo, se observaban pliegues, arrugas, pequeños rasgados y abundantes pérdidas principalmente por el perímetro.

Además, el soporte presentaba un moteado provocando una inestabilidad química del papel, y en la zona superior presentaba unos cercos acuosos debido a un posible derrame, ocurrido cuando el plano estaba plegado, a juzgar por la situación de las manchas”, explica Pérez.

Se trata de un dibujo de alzado de la planta general y la sección de la muralla que ilustraba un proyecto para el trazado de una nueva fortificación.

El Servicio de Restauración llevaba tres meses trabajando en esta traza, en la que se ha llevado a cabo una limpieza en seco de la suciedad superficial y una limpieza en húmedo mediante mesa de succión.

Según ha explicado Carmen Pérez, Felipe II mandó a su mejor arquitecto a que realizase un estudio para amurallar la ciudad de Castellón, y de ahí, que surja el plano que hoy mismo se trasladará al archivo municipal.

El plano estuvo realizado por Antonelli que diseñó también una fortificación en Cartagena de Indias y el Morro en San Jun de Puerto Rico.

DISEÑO DE LA FORTIFICACIÓN DE LA VIILA DE CASTELLÓ

PRIMERA MURALLA

La línea de circunvalación de la nueva villa, tenía 845 brazadas, rodeada de muro fortificado con baluarte y torreones construidos para su defensa, teniendo la villa primitiva una forma cuadrangular.

Comienza el muro en la parte Norte de la calle llamada de Arriba, hoy de Alloza, pasando por las espaldas de las casas de los números impares de la misma; seguía en línea recta hasta el extremo Sur de dicha calle, donde al llegar cerca de la de San Joaquín, hoy Ruiz Zorrilla, formando ángulo recto, seguía la muralla por las espaldas de los números pares de esta última calle, la de la Salina, hoy Gasset, y Valladar ó Vallás, hasta la Plaza del Rosario, hoy Canalejas, dirigiéndose desde esta, por la acera izquierda de la actual calle Gobernador, hasta la hoy Plaza de Agustina de Aragón, desde donde y por junto a la actual Capilla de la Comunión de la Iglesia de la Sangre y huerto de las Antiguas Aulas de Gramática, pasaba por los extremos Norte de las Calles de En medio, hoy González Chermá y Arriba, hoy Alloza.

El muro que circundaba la villa, tenía ocho puertas de entrada, cuyos portales denominábanse: de Valencia, al existente en el extremo meridional de la calle de En medio; del Olm u Olmo, al sito al mismo extremo de la calle Mayor; del Roser, frente a la calle Villamargo, hoy de Campoamor; del Agua al extremo Este de la calle que se llamaba así, hoy de Cardona Vives; de Illeta, frente a la calle de este nombre, denominada mas tarde de las Monjas Capuchinas, hoy Núñez de Arce; del Hospital a la sita en el extremo Norte de la calle Mayor; de la Purísima, en el Norte de la calle de En medio, hoy de González Chermá; y de la Fira o Feria a la situada en el extremo Oeste de la calle san Juan, hoy de Colón.

El Cuadrilátero constituido por la villa, se hallaba cruzado de Norte a Sur, por tres espaciosas y rectas calles llamadas de Arriba (hoy Alloza); de En medio (hoy González Chermá) y de Abajo o Mayor; y de Este a Oeste, casi por mitad , cruzaba a aquellas, la calle denominada de Zapateros, cuya parte Oeste se llamó mas tarde, al construirse la Ermita de Sanjuán, con este nombre, y toda ella de Colón, al conmemorarse en 1892 el cuarto centenario del descubrimiento de América; construyéndose la Plaza Mayor, llamada después Vieja y por último de la Constitución, casi en el centro del cuadrilátero.

Posteriormente construyéronse en los aledaños de la Villa, pequeños núcleos de casas, dándose a los mismos la denominación de Ravals o Arrabales, llamándose del Roser, al edificado al extremo Sureste inmediato al Convento de Santo Domingo, hoy edificio de la Misericordia y de San Francisco, después de la Trinidad, al construido en el extremo Sur, junto al Convento de aquel nombre.

En la parte Norte de la población formáronse dos pequeños arrabales que en un principio de llamaron, uno de Les Forques y otro Del Plá, que agrupados y engrandecidos, más tarde, recibieron la denominación de Arrabal de San Félix.

En la parte Oeste formóse igualmente un pequeño Arrabal llamado vulgarmente Arrabalet

Atravesaba la población. De Sur a Norte, la Carretera  y existían en la calle principal, llamada de En medio, dos pozos públicos, al igual que en otras varias calles de la población.

Construida a fines del siglo XIII la carretera de Valencia a Cataluña, con el soberbio y monumental puente sobre el Mijares, formáronse alrededor  de la misma, dos grandes arrabales: uno al Mediodía, llamado de San Francisco o de la Trinidad, y el otro al Norte denominado de Sal Félix, residiendo en ellos la clase labradora, con dos rectas y anchurosas calles, lindantes con la carretera, conocida vulgarmente por calles anchas, (carrers amples) las de la Trinidad y San Félix y multitud de calles rectas; en la parte Oeste de dichos Arrabales, formáronse en la parte Occidental de la calle de San Juan, hoy Colón, saliendo del portal de La Fira, un pequeño Arrabal denominado en valenciano con el diminutivo o nombre de Arravalet.

A últimos del siglo XVIII desapareció el primitivo muro de la villa, antes descrito, al expansionarse aquella, guardándose todavía algunos vestigios del mismo, en las espaldas de las casas que sobre el se construyeron.

SEGUNDA MURALLA

En la primera mitad del siglo XIX, durante las guerras civiles, construyóse una nueva línea de defensa, que abarcaba los dos Arrabales, yendo en la parte Oeste por las actuales Rondas del Mijares y de la Magdalena y por el Este por las actuales calles del Guitarrista Tárrega, espaldas del Palacio del Obispo y calles Sanahuja y San Roque, teniendo como puntos de enlace, por el Norte, el portal de este nombre, junto al actual Comedor de la Asociación Castellonense de Caridad y por el Sur el portal de san Francisco, junto al actual Cuartel de Infantería, muro que muchos hemos conocido y del que quedan todavía vestigios.

En dicho muro costruyéronse las Baterías de Parthenope, Huerta, Molino, Santo Domingo, Victoria, Alcora y Libertad; estaba circundado por un foso y tenía los portales llamados de san Francisco, Santo Domingo, Mar, tenerías, Toll, San Roque, Mestrets,Morella y Alcora, cuyo muro y portales desaparecieron al finalizar el pasado siglo.

Sobre el sitio que ocupaba el primitivo muro, construyéronse el año 1796, las casas de las actuales calles de Ruiz Zorrilla, Gasset, Escultor Viciano, Gobernador Bermúdez de Castro, San Luis, Clavé, Avenida de Amalio Gimeno y Plaza del Rey Don Jaime.

Dentro del perímetro del muro nuevo, existían grandes extensiones de terreno sin edificar, siendo las principales los llamados <llanos de la Pólvora> y <dels Mestrets> y el <secá de Tosquella>, en el Arrabal de San Félix y el de <Clavelli> y <llano de Breva> en el la Trinidad.

Posteriormente construyóse una línea de casas fuera del nuevo muro, a la parte Oeste, llamada <pañ dels Mestrets>, convertido más tarde  en la calle del Maestrazgo, hoy de Costa.

El censo a mitad del siglo XIX era de 15.000 habitantes y el practicado oficialmente en 1920 ascendía a 34.000, por lo que se ve se ha duplicado con exceso de población, en un período de setenta años.

Construyóse en los llamados Lavaderos viejos, la hermosa Plaza de la Paz y el monumental Teatro Principal; se terminaron la espaciosa Plaza Nueva, hoy Rey Don Jaime y la del Calvario, hoy Tetuán; se abre la calle de San Vicente construyéndose, continuando la misma, el camino de la Estación del Norte, hoy Avenida Pérez Galdós; se pueblan y ensanchan los dos Arrabales y el Arravalet; se construye por la parte Este el barrio de las Tenerías y del Camino del Mar y por el Oeste se edifica en el llamado <Armelar de Breva>, junto al nuevo Hospital Provincial, un nuevo e importante núcleo de población conocido vulgarmente, hoy en el día, por tal motivo, por Barrio del Armelar, núcleo formado con arreglo a un bien meditado plano, trazado por el distinguido Arquitecto castellonense don Godofredo Ros de Ursinos, y se pavimenta el arroyo de gran número de calles.

Se urbaniza la zona comprendida entre el Paseo de Ribalta y la calle Costa, y la llamada vulgarmente dels Mestrets, esta última de modo deficiente, ya que constituye un verdadero laberinto, con grandes desniveles.

Por todo lo dicho, se comprenderán los grandísimos progresos realizados por Castellón, en cuanto se refiere a su expansión y urbanización, especialmente en estos últimos años, estando llamado, con pocos esfuerzos que realicen sus administradores, a ser una de las más hermosas urbes de la Nación española

EL MUNICIPIO DE CASTELLÓ: ENTRE LA HISTORIA FORAL Y LA CENTRALIZACIÓN BORBÓNICA

(Siglos XV-XVIII)

ÉPOCA FORAL

Castellón de la Plana era la sede de un oficial de realengo y cabeza de una demarcación administrativa (la gobernación foral) y base de una baylía. También la ciudad daba nombre a un partido de la guardia marítima costera, que abarcaba desde el río Uixó hasta la torre de Oropesa.

La villa se caracterizó por su marcado carácter rural, aunque actuó como ciudad con relación a las poblaciones circundantes. Era un centro en donde se desarrollaban numerosos litigios y cuya matricula de abogados crecía en constante aumento. También constituía el centro de intercambios de los productos del norte, además de ser la sede política de una poderosa oligarquía.

La estructura económica era la correspondiente a una sociedad agraria en la que sólo la mitad de la tierra era trabajada por sus propietarios. La población activa no agraria se situaba por debajo de la mitad del total y destacaba por sus actividades artesanas o manufactureras.

En la cúspide de la sociedad local se destaca un reducido número de nobles titulados y tras ellos, los caballeros, generosos y ciudadanos honrados, que acumularon el poder político y social a lo largo del Antiguo Régimen. El origen de las rentas provenía de la propiedad de la tierra, explotada fundamentalmente mediante arrendamiento a corto plazo, que permitió ajustar las rentas a la coyuntura agrícola existente. Esta oligarquía utilizó los mecanismos tradicionales para perpetuar su linaje: la  vinculación de sus bienes patrimoniales a fin de conservar herencias recibidas y una política matrimonial endogámica. En su mentalidad y estilo de vida esta oligarquía prosiguió con un espíritu barroco, puesto de manifiesto en la exteriorización y un gusto artístico recargado.

En el conjunto político e institucional la elección de los cargos municipales se realizo mediante el procedimiento de la insaculación, que recogía dos brazos, el militar y el real. Entre ellos y por diferentes bolsas se eligieron los diferentes cargos municipales.

EL ESPACIO FÍSICO JURISDICIONAL

La ciudad de Castelló era el centro de una demarcación administrativa y una villa de realengo. En la época foral presidía la gobernación dellá lo riu d’Uixo y tras los decretos de la Nueva Planta siguió siendo la cabeza de una de las trece gobernaciones político-militares con las que se dividió el territorio valenciano en la época borbónica.

Como villa de realengo constituía el centro de una bailía. En la ciudad residían sus autoridades representativas, el gobernador y el baile. A pesar de esta distinción de signo político y administrativo, sus caracteres urbanos y su población evidenciaban más que una ciudad de composición eminentemente agrícola, un núcleo rural grande.

LA CORPORACIÓN FORAL.

Cabe hacer una serie de reflexiones sobre la institución foral de Castelló en la época moderna. Las bases de su sistema municipal fueron en sus inicios una  continuidad evolucionada de la corporación medieval.

Las fuentes legales que conformaron el ordenamiento jurídico y regularon sus atribuciones, lo constituyeron básicamente los privilegios reales junto a otros documentos de índole privativo.

Gran parte de los privilegios reales concedidos a la ciudad de Castelló forman parte del códice titulado Llibre des Privilegis, que fue redactado en 1470. Estos documentos y las denominadas Ordinacions, que regulaban la vida municipal de la villa, dotaron a la ciudad de Castelló de su propia especificad y particularidad respecto de otros municipios valencianos, y delimitaron su carácter propio del sistema jurídico foral.

Las Ordinacions de la villa recogían todos los temas concernientes a la vida cotidiana municipal, además de la reglamentación  interna atendían el funcionamiento económico, que les llevó a regular la producción del término, fijando los tipos de cultivos y ganado, impedir la extracción de los frutos de la jurisdicción  en época de escasez, o requisar los que estaban en poder de los particulares. Ambos modelos de documentos constituyeron el cuerpo legal, que definió a la ciudad y la caracterizó.

En la edad media este corpus documental marcó el carácter autónomo del municipio, mientras que el paso a la modernidad significó un mayor control del poder municipal por el monarca, y una dependencia más cercana de la autoridad monárquica.

Una característica de los años de transición será la acumulación de normativas, en las que permanecerán disposiciones antiguas junto a otras nuevas, mientras no fueron modificadas específicamente por otras posteriores.

Desde esta perspectiva jurídica o normativa la corporación moderna de la época foral quedaría delimitada cronológicamente en dos etapas.

La primera de ellas corresponde a una evolución del municipio medieval, cuyo momento de esplendor lo habían constituido las Ordinacions de Micer Rabasa de 1341 (ROCA TRAVER) y cuyo referencial llegará básicamente hasta 1446 (SANCHEZ ADELL).

Continúa la etapa con un período de transición hasta finales del siglo XVI, marcado por el establecimiento del sistema insaculatorio en la elección de los cargos municipales, que no se consolidará hasta 1590.

A partir de esta fecha se desarrolla la época de clara vigencia del municipio foral  con los años de pleno apogeo y desarrollo del régimen insaculatorio, característica que le diferencia sustancialmente del municipio medieval y del borbónico del siglo XVIII.

LA ORGANIZACIÓN INSTITUCIONAL

El funcionamiento político-administrativo de la corporación de Castelló se distribuía entre órganos colegiados y cargos personales. La estructura institucional se había configurado para cumplir los cometidos de la diversidad de las funciones municipales. Los diferentes encargos condicionaron la existencia de órganos colegiados, con los oficios personales  encargados de cumplir los acuerdos municipales. Este sistema organizativo permaneció inalterable durante toda la época foral, aunque surgieron más oficios personales y juntas.

Componían los órganos colegiados fundamentalmente el Consell y la Cort de jurats, pero también formaban parte del sistema las juntas de elets.

Los oficios, u órganos personales de gestión, se dividían en mayores o de gobierno (justicia, jurado, consejero y síndico) y menores (mustaçaf, clavari, cequier, sacristá, y manobrer) además de otros funcionarios (escrivá y misatger).

Entre ambas estructuras se distribuían las complejas competencias de carácter político, administrativo, judicial, económico y hacendístico.

Sin lugar a dudas seguía siendo el Consell el máximo exponente del cuerpo gubernativo. Continuaba siendo como el período medieval, el órgano asambleario donde residía la facultad del gobierno local. Formaban parte de el los gestores municipales con cometidos de mayor trascendencia, y los consejeros o consellers, constituyendo  así el cuerpo fundamental de la representación  política. Entre ellos se hallaba el justicia, los cuatro jurados, el clavario, el mustaçaf, el escribano y 31 consellers. Con el tiempo se sumaron otros oficios personales como el cequier en 1626, en calidad de consejero, y en 1681 se creó un nuevo cargo: el blanquer.

El Consell era reunido como mínimo dos veces al mes por medio de albaranes o cédulas (citaciones escritas). A partir de 1590 fue necesaria la presencia de 21 consellers para que sus acuerdos tuvieran validez.

Diferentes Ordinacions de época medieval (1335, 1341) y (1446,1467) fueron marcando su evolución institucional. La Ordinación de 1467 dio una nueva estructura a este órgano. Pero a partir de 1590 se retorna a la organización del privilegio de 1446, que en lo fundamental permaneció invariable hasta el final de la época foral (Arroyas Serrano).

A diferencia del gobierno municipal contemporáneo en el seno del Consell se tomaban, como acuerdos, las decisiones más importantes de la vida cotidiana de Castelló. En el se aprobaban los gastos corrientes, el endeudamiento municipal, el valor de los precios oficiales de los productos y el abastecimiento del trigo. También se elegían los funcionarios de la villa y se decidía sobre cuantas cuestiones de seguridad, orden público y relaciones con la monarquía, fuesen necesarias. Por estas facultades de decisión interna, portaba en su seno el poder municipal y agrupaba a las clases dirigentes de la villa.

El órgano ejecutorio de las decisiones del Consell y el encargado de la gestión administrativa diaria era la Cort de jurats, compuesta por cuatro jurados.

Además se delegaban funciones en diferentes juntas, que a modo de comisiones delegadas, constituían grupos de trabajo que rendían cuentas ante el Consell. Estas juntas de elets atendían diferentes asuntos de la gestión ordinaria (abastos de trigo, carne y pescado) cuestiones de importancia periódica (subastas y arrendamientos) o para solucionar situaciones de emergencia, como la denominada junta del Morbo, creada en el contexto de las epidemias de 1647 y 1648, o la de Canet y Mediona, relacionada con los asuntos del riego municipal.

A medida que se fue consolidando la institución de Castelló se asiste a una multiplicación de las juntas, que atienden a servicios municipales en expansión. La tendencia a constituir comisiones de trabajo es signo de una mayor necesidad de la gestión administrativa, y de cierta especificación de las funciones, fruto del crecimiento de una sociedad que necesita una mayor atención pública.

También  se va produciendo un avance en la actuación municipal, que prefiere la toma de decisiones directas en los momentos precisos por organismos más pequeños que el Consell y que conduce  a la larga a que este se limite a aprobar lo propuesto por la junta correspondiente.

Los principales documentos sobre el bon govern e regimen de la villa se encuentran recogidos en el denominado Llibre Vert, que constituye una recopilación importante sobre las disposiciones reales, cédulas y sentencias, y fue confeccionado a partir de 1588.

La mayoría de los textos incorporados en los primeros tiempos se refirieron a ámbitos de la actuación del Consell, pero poco a poco se fueron incorporando otros tipos de documentos de carácter local, más cercanos a los diversos aspectos de la vida cotidiana. Se han clasificado los contenidos fundamentales del libro en siete materias aglutinadoras: consell, clero, obispado, nobleza, riegos, oficios, oficios reales, y un gran fondo de varios. (E. DIAZ MANTECA).

El rey ostentaba la jurisdicción señorial en Castelló por ser villa de realengo. La administración de justicia era por tanto una prerrogativa real. El oficio encargado de las funciones judiciales era el justicia, quien las administraba en primera instancia. Su cargo era elegido en el seno del Consell.

Sin embargo la Cort de justicia era el órgano que atendía las funciones jurídicas de carácter más local. Este tribunal estaba integrado por el justicia, los asesores y siete prohombres elegidos por el Consell. Cada uno de estos cargos tenía su razón de ser por su funcionalidad: el justicia debía entender de los asuntos civiles y criminales; los asesores eran especialistas en derecho civil y eclesiástico, y los prohombres actuaban como una especie de jurado, a través de ellos llegaba hasta el tribunal los tentáculos informativos del Consell. Un escribano de designación real consignaba los procesos.

La regulación de la actividad económica constituía otra de las actividades fundamentales de la corporación municipal. En esta parcela el oficio encargado de sus progresos, inspección y vigilancia era el mustaçaf o almotacen. De origen medieval continuará a lo largo de toda la época foral, generando un área competencial regulada a través del Llibre de la Mustaçaffia (ROCA TRAVER).

Esta área administrativa controlaba la vigilancia de las pesas y medidas para evitar los posibles fraudes, la política de mercado (excepto el abastecimiento del trigo, carne o vino), el control de los precios de los productos, el área urbanística y la política sanitaria, además  de otras atribuciones sobre los gremios y las actividades artesanales. Para atender estos importantes y variados cometidos el mustaçaf contaba con un pequeño tribunal o Cort, que valoraba las posibles infracciones existentes.

Esta sala fue característica de la época moderna. El Clavariat representaba la institución que asumía los diferentes ramos de la hacienda local. Se diversificaban las diferentes funciones en una serie de oficiales, a cuyo frente se hallaba el clavario ordinario, o taulatger (o síndico). Este oficio recibía las cuentas de los diferentes fondos del ingreso municipal (peyta, sisas mayores, herbales, carnicerías, administradores de tabaco). Además de clavario ordinario existían dos administradores particulares: el clavariat del forment y el clavariat de les marjals (ARROYAS SERRANO).

En su día J. Casey apuntó que en el siglo XVII existían en Castelló tres o cuatro tesorerías hacendísticas. En estas cajas se registraba la contabilidad ordinaria, constando en ellas las diferentes partidas presupuestarias mediante ingresos (rebudes) o pagos (dates). Las liquidaciones finales del clavario ordinario dan cuenta expresamente de los acreedores y deudores del municipio, ya que entre las obligaciones de este cargo, se encontraba el amortizar anualmente mil libras de las deudas en censales.

LA INSACULACIÓN Y LAS ÉLITES DIRIGENTES.

Como su propio nombre indica insacular significa el procedimiento de poner en un saco o bolsa papeles o bolitas para efectuar una designación o suerte.

En el caso concreto que nos ocupa representaba el proceso de elección para designar los oficios o cargos de la ciudad de Castelló. Los vecinos aptos para el desempeño público se clasificaban en dos grupos o brazos: el militar o nobiliario (homes de paratge) y el real o de las ciudades.

El brazo militar agrupaba a aquellos vecinos o habitantes de la ciudad que tenían la condición  nobiliaria y poseían bienes por valor de una cuantía estimable, en torno a unos 4.000 sueldos.

Estos representantes del primer brazo podían optar a los cargos municipales de justicia, jurado y mustaçaf. Entonces sus nombres se distribuían en 3 bolsas o sacos, cada uno para el oficio correspondiente.

Tras esta operación se pasaba a realizar la elección en cada saco. En esta segunda vuelta se procedía según el Privilegio Alfonsino que marcaba la introducción de remolines de cera, que contenían los nombres de los sorteables, en una vasija de agua. De entre todos los remolines, tantos como nombres existían, se extraía uno que sería el afortunado que ostentaría el nuevo cargo. De esta última operación se encargaba el baile, que como oficial real, daba conocimiento del elegido, y así se daba por sancionada la elección.

Los otros vecinos de Castelló, con las características  de aptos, pero que carecían de la condición nobiliaria, componían el brazo real. Por este brazo se cubrían la mayoría de los cargos municipales, incluidos los consellers, clavariat, escrivá y sacristá.

Cada oficio contaba con su saco correspondiente y se seguía el procedimiento descrito anteriormente. Las condiciones variaban para cada oficio. Para simplificar podemos decir que la posesión de bienes necesarios para la habilitación debía de estar en torno a los 4.000 sueldos, excepto en el caso de los consellers que era de 2.000.

Estas cantidades podían ascender hasta los 5.000 y 10.000 sueldos para los que no fuesen naturales de la villa.

En líneas generales se inhabilitaba para ocupar oficios a los delincuentes y deudores, del municipio o del rey, y aquellos que ocuparan puestos relacionados con la administración, ya fuesen de la ciudad, de los nobles o de los prelados.

El origen de la insaculación en Castelló se remonta al privilegio de 1446, que fue revocado transitoriamente en 1467, para volver a restablecerla en 1476 y consolidarse con el privilegio real de Felipe II en 1590, cuyos principios, salvo pequeñas modificaciones, se mantuvieron para toda la época foral. En 1604 un nuevo privilegio de insaculación para la provisión de oficios fijó el número de integrantes para cada bolsa de la mano mayor y menor.

En la práctica la insaculación consagró un gobierno de notables, ya que reservaban los cargos a un corto número de personas, distinguidas por disponer de un determinado nivel económico con el que poder avalar su gestión, además de su prestigio social y profesional.

Sobre este restringido número de la oligarquía local de Castelló, el rey se reservaba la confirmación en sus puestos de los insaculados. La Corona se entrometía en la calificación de algunos individuos a los que favorecía, con lo que introdujo los tentáculos de la autoridad real en el gobierno local.

Este sistema favoreció a ambas partes: los monarcas del autoritarismo monárquico contaban así con un grupo local dócil a los intereses reales, y la oligarquía conseguía con el cargo político consolidar su prestigio social. Con ello se constata la presencia de clanes que se repartían los puestos a cubrir. La insaculación consolidó el control del gobierno municipal por las élites dirigentes.

Las élites dirigentes se componían preferentemente de ciudadanos, abogados, doctores, notarios y labradores ricos.

La denominada mano menor fue el monopolio de los labradores, agrupados en la cofradía de San Miguel.

En el siglo XVII se asistirá a un intento claro de las oligarquías por cerrar el ámbito municipal a las clases populares. En 1624 por sentencia de la Audiencia se reconoció a los maestros de los oficios artesanos (perayres, sastres, teixidors, corders, espardenyers, esparterers, y çabaters) partícipes en el gobierno local.

Un representante de cada oficio o gremio podía entrar a formar parte como consejero en la bolsa de la mano menor, entre los 11 puestos reservados, pues los 5 restantes correspondían a los labradores.

El real privilegio de Felipe IV, de julio de 1627, así lo sancionó. Entonces el Consell hizo los esfuerzos posibles para revocar la insaculación de 1626 favorable a los oficios mecánicos. Esta práctica duró solo los diez años preceptivos que marcaba el privilegio. En 1638 ya no figuran los artesanos entre los miembros del Consell. El gobierno de notables volvía a encerrarse sobre sí mismo.

EL MUNICIPIO BORBÓNICO

LA GUERRA DE SUCESIÓN.

La victoria en los llanos de Almansa (25 de abril de 1707) por las tropas del duque de Berwick, decide la sumisión del reino de Valencia al bando borbónico. Tras la toma de la ciudad de Valencia una facción del ejército se dirigió al sur y otra continuó hacia el norte en dirección a la actual provincia de Castelló.

El duque de Berwick entró en la capital de la Plana el 14 de mayo de 1707, y repostó en la ciudad una noche, para continuar el día siguiente hacia Tortosa con el fin de hacer frente a las tropas rezagadas del archiduque Carlos de Austria.

A partir de ese momento la ciudad de Castelló entra en la órbita de las decisiones borbónicas. Primeramente se ordena derribar las murallas, que constituían su principal defensa, y se exige a la población un donativo forzoso de 8.841 libras para el sostenimiento de las tropas, que debía satisfacer el común en diez días.

Gran parte  de las tropas con diferentes Regimientos de Infantería y Caballería permanecían en la ciudad. Castelló se convirtió en el epicentro del área de las operaciones militares entre Morella, Tortosa y la Plana, donde convergían los regimientos. Desde allí partían los destacamentos hacia los diversos lugares de operaciones, para volver posteriormente a concentrarse. La ciudad de Castelló se constituyó en un cuartel general de tropas, que actuó como punto neurálgico de la zona de la Plana. El acuartelamiento militar duró desde 1707 hasta 1712.

En los tres primeros años permanecieron en el gran número de soldados y oficiales, disminuyendo progresivamente en los años posteriores hasta quedar reducidos a las defensas militares ordinarias.

Sabemos que en el invierno de 1707 se quedaron en Castelló 1.105 militares, distribuidos en diferentes fuerzas (CORONA MARZOL).

El mando se encargó al mariscal de campo Croix, comandante de las tropas de Castelló de la Plana y sus fronteras. Este oficial comunicó a la ciudad en diciembre  de 1707 que las tropas debían de ser alojadas y alimentadas en los lugares en donde residían.

En consecuencia la subsistencia de este importante colectivo militar correspondía a Castelló, que debía suministrar una ración de vitualla diaria para cada hombre, consistente en una cantidad determinada de carne y vino, y un prest en dinero.

La ración variaba de volumen según el cuerpo y el grado de la oficialidad, siendo superior en la caballería que en la infantería. El cálculo global de cada vitualla se obtenía multiplicando la ración base de cada destacamento por la plaza o graduación correspondiente.

A un soldado raso del arma de infantería diariamente debía suministrársele 237 gramos de carne, 1.35 litros de vino y un real de vellón.

Al coronel había que multiplicar por 12 esta ración por ser el valor de su plaza. En conjunto los 1.105 militares suponían en 1707, 1.286 plazas de abastecimiento diario.

En diciembre de 1708, el caballero D’Asfeld publicó una Ordenanza de cumplimiento en todas las poblaciones del País Valenciano.

Se ordenaba que los vecinos pagasen las plazas efectivas según la última revista efectuada por los comisarios de guerra, y además de la ración diaria en especie y dinero, debían contribuir por cada dos soldados con una casa y plaza a la lumbre y luz del patrón.

Esta última disposición de los alojamientos, unida a las anteriores, supuso una imposición costosísima, que ocasionó continuas fricciones con los soldados vencedores en Castelló.

Además de estos exorbitantes gastos derivados del avituallamiento se sumaron  otros derivados  del sistema impositivo de guerra.

Era la denominada contribución militar o cuartel de invierno.

Constituyó el otro lado de la guerra, que tampoco ofreció tregua ni respiro a la población, abrumada por tan intensas y variadas contribuciones, a las que se sumaron los otros impuestos de carácter civil como las introducidas alcabalas, cientos y millones de Castilla.

El cuartel de invierno de Castelló se efectuó por medio de un repartimiento o capitación, efectuado sobre el volumen de población.

Para ello se efectuaron recuentos demográficos y un control más efectivo sobre los vecinos. Conocemos las cifras de estas imposiciones sobre la ciudad de Castelló: 6.421 libras en 1707, 6.232 libras en 1710, y la cuantía de 1711, pagada 1712, ascendía a 7.143 libras, que debieron costear los moradores como en los años anteriores (CORONA MARZOL).

Las repercusiones del acuartelamiento y la contribución militar constituyó la auténtica guerra en la ciudad, que se vio acompañada por las modificaciones políticas que trajo consigo la dinastía borbónica.

Fueron continuas las quejas de los vecinos, por los sucesivos registros militares, la variedad de las prestaciones, los alojamientos, bagajes o caballerías y los utensilios (sábanas, mantas, material de cocina…).

Además los presupuestos oficiales se habían establecido en razón de 1.115 vecinos u hogares, y en realidad sólo 800 tenían medios suficientes. Los otros 400 eran pobres de solemnidad. Y no podían asistir a los sucesivos pagamentos. Muchos de los habitantes se vieron obligados a marcharse a otros lugares, dadas las constantes exigencias del ejército.

LA REFORMA DEL MUNICIPIO.

El 29 de junio de 1707 Felipe V promulgó el primero de los decretos de la Nueva Planta por el que quedaba derogado el ordenamiento foral de los reinos de Valencia y Aragón, que eran sustituidos en bloque por la legislación castellana.

En el texto se argumentaba que estos territorios históricos perdían sus fueros y privilegios  por haber incurrido en rebelión, una forma de traición a la que correspondía una dura sanción. El nuevo soberano en su condición de vencedor estaba legitimado para aplicar un castigo ejemplar.

El nuevo régimen establecido se denominó la Nueva Planta. Con ella desaparecieron todos los organismos institucionales que habían caracterizado a los territorios forales: loa virreyes, las cortes, la Generalitat y la Diputación permanente, las audiencias forales y el Consejo de Aragón.

Los reinos perdieron se entidad corporativa y fueron transformados en provincias.

Los decretos del Nueva Planta también pusieron fin a la organización municipal, que había regido la vida local valenciana en toda la época foral.

Se trasladó el modelo castellano de corregidor y regidores, que fueron designados por el rey entre personajes de la nobleza local, adictos a la causa borbónica (botiflers).

Los partidarios del Archiduque Carlos (maulets) fueron depuestos de sus cargos y perseguidos.

Los municipios fueron englobados en las nuevas demarcaciones territoriales que sustituyeron a las antiguas. El territorio valenciano se subdividió en 13 gobernaciones político-militares, cuya autoridad superior se asentó en la ciudad cabecera, y su titular ostentó además el rango de corregidor.

Estas nuevas gobernaciones fueron las de Valencia, Orihuela, Alicante, Morella, Jijona, Alcoy, Denia, Montesa, San Felipe, Peñiscola, Alcira. Cofuentes y Castelló.

Dos de las características del nuevo régimen  fueron la preeminencia  de los militares en la cúspide de cada gobierno, y el régimen fiscal novedoso que se aplicó.

Aunque los cambios en la administración territorial sufrieron cierto retraso, los municipios fueron objeto de una inmediata transformación.

Urgía la modificación de las corporaciones locales, pues con ella se imponía el peso de la nueva organización.

El gobierno municipal de Castelló experimento una auténtica revolución. Fueron abolidas las principales instituciones forales, el Consell y los jurados, que se sustituyeron por los nuevos cargos de carácter castellano. Tan sólo se conservaron algunos oficios y empleados subalternos de la estructura anterior.

El modelo organizativo recordaba el de Castilla.

Al frente de la corporación se instauró un corregidor (a su vez gobernador político-militar de la demarcación). Este alto cargo fue de procedencia militar durante todo el siglo y su designación dependió del monarca.

El corregidor tenía atribuciones judiciales, presidiendo el juzgado de primera instancia; y en su calidad de militar desempeñaba las funciones de gobernador militar de la plaza.

Le seguía en el escalafón municipal el alcalde mayor, que era también teniente de corregidor, y los alcaldes ordinarios.

Completaban los principales puestos administrativos los regidores.

Castelló recibió el 23 de febrero de 1708 una instrucción de la audiencia de Valencia, que obligaba a las justicias de las diferentes poblaciones a observar las prácticas y el estilo de Castilla.

El 26 de febrero de 1708 el caballero D’Asfeld en cumplimiento de las ordenes recibidas del Duque de Berwick, nombró a dos alcaldes ordinarios a doce regidores.

Completó los nombramientos con un alguacil mayor, dos alcaldes de hermandad y el escribano del ayuntamiento.

El primer corregidor de Castelló, Agustín Valdenebro,  fue investido el 28 de febrero de 1709, recayendo posteriormente el cargo en José Bermudo (1750), Gaspar de Nava Álvarez de Noroño (1760), Nicolás Mariño (1767), Nicolás del Río (1769) y Bermúdez de Castro (1791-1801).

El corregidor borbónico no era elegido entre la nobleza local, sino que se procuró que fueran castellanos para afirmar el poder real en la localidad y no caer en los intereses locales.

No sucedió lo mismo con los regidores, que casi todos eran de la nobleza o caballeros.

La composición del primer ayuntamiento así lo atestigua. Todos eran botiflers y pertenecían  a la clase acomodada: José Castell de Museros (caballero), José Segarra (ciudadano de inmemorial) Manuel Vallés, Félix Sisternes, Jerónimo Bou de Monzonis, Jaime Giner, Félix Roig, Vicente Marti, Basilio Giner y Félix Poeta.

Al ser una población de más de mil vecinos se propusieron cinco regidores por la clase noble y cuatro por la ciudad. Todos ellos merecieron  la calificación de buenos y entre ellos se incorporaron  los que fueron expulsados de la corporación en la etapa austracista.

La Nueva Planta suprimió el sistema de insaculación para el nombramiento de los cargos municipales y se instaló otro de designación gubernativa, que pasaba la ratificación de los cargos por el filtro de la Audiencia borbónica.

LA OLIGARQUÍA POLÍTICA.

Una serie de familias de Castelló mantuvieron el cargo de regidor municipal en posesión a lo largo de todo el siglo XVIII. Los Giner, Más, Marti, Tirado, Tosquilla, Viver de Portes, etc… Eran hidalgos  y ciudadanos de inmemorial: Por el decreto de 1724 se había homologado la hidalguía de sangre de Castilla, con la ciudadanía honrada de inmemorial valenciano. A el se acogieron algunas familias de Castelló (GIMENO SANFELIU).

Con el titulo consiguieron el goce de privilegios y preeminencias inherentes, además de una exención de contribuciones.

Pero sobre todo lograron el poder político local. Constituyeron la oligarquía política de Castelló, con el control de las regidurías municipales y diferentes cargos de la administración real y del ejército borbónico.

Acompañaron a este prestigio social con el comportamiento económico clásico del estamento nobiliario, aunque como grupo social conformaban un estadio intermedio entre la nobleza local y la burguesía de procedencia rural. La base de su patrimonio fueron las tierras, que engrosaron y transmitieron para perpetuar las herencias y practicaron una hábil política endogámica para mantenerse en el escalafón social (GIMENO SANFELIU).

LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE 1784.

Las antiguas Ordinacions de Castelló –Ordinacions, stabliments, capitol- pervivieron tras la Nueva Planta. A ellas se incorporaron progresivamente algunas disposiciones  y Autos de buen gobierno, emanados de los corregidores borbónicos desde 1708 hasta 1784.

La nueva ordenanza municipal borbónica para el gobierno de la villa fue aprobada el 13 de diciembre de 1784, y publicada el 19 de enero de 1785 por bando público en los lugares más importantes de la ciudad.

Con un total de 24 títulos y 217 ordenanzas, respondía a las necesidades planteadas por la sociedad castellonense a lo largo del setecientos: la distribución y gobierno de los riegos (60); el aprovechamiento de pastos y problemas relacionados con el pastoreo (42); cuestiones relacionadas con las carnicerías, cortantes y abastecedoras (30); disposiciones del ayuntamiento (33); la limpieza de la villa (14) y otras 28 ordenanzas más relacionadas con la vida de Castelló a finales del siglo XVIII.

La ciudad de Castellón de la Plana

V.V.A.A. (1999) Ayuntamiento de Castellón de la Plana. Castellón

Fuente: Prof. Carmen Corona Marzol

ECONOMÍA Y SOCIEDAD: CASTELLÓ DE LA PLANA

(Siglo XV- XVIII)

LA ÉPOCA MODERNA

LA POBLACIÓN Y SU PROYECCIÓN URBANA

EVOLUCIÓN Y ESTRUCTURA DEMOGRÁFICA.

Tanto los registro parroquiales, fundamentalmente los bautismos, como los recuentos generales a modo de censos o vecindarios, algunos de ellos específicos para la capital de la Plana, coinciden en subrayar una tendencia general que, coincidiendo con cada uno de los siglos constitutivos de la época moderna, en la que tras un período de expansión durante el siglo XVI le sucedería otro de estancamiento, para pasar a otro de crecimiento, tanto más acelerado cuando nos aproximamos a la segunda mitad del siglo XVIII.

Concretamente es la evolución de los bautismos la que mejor permite determinar unos ritmos que parten de un crecimiento que trunca su tendencia en las últimas décadas del siglo XVI.

A partir de estos momentos el panorama es de un estancamiento que se prolonga durante cien años, justamente hasta 1680, aunque bien es cierto que habrá que esperar hasta el segundo tercio del siglo XVIII, una vez superados el trance de la guerra de Sucesión, para constatar la verticalidad de un crecimiento que sólo muestra signos de desaceleración en las postrimerías de la centuria, para volver a incardinarse en una fuerte tendencia ascendente una vez sobrepasados los avatares de la guerra del francés.

Los datos censales, por su parte, corroboran la tendencia descrita anteriormente, toda vez que hemos prescindido de algunos recuentos por no considerarlos fiables así como hemos procedido aumentar en un 20% los datos correspondientes al censo de 1646 y en un 58% los pertenecientes al vecindario de Campoflorido.

De este modo, y una vez aplicado el coeficiente de cuatro habitantes por hogar, constatamos el carácter estancado de la evolución demográfica durante el seiscientos, máxime durante su segunda mitad cuando puede constatarse la incidencia de epidemias como la de 1647-52, al compararlo con las elevadas tasas de crecimiento anual acumulativo que caracterizan  los años que median entre 1713 y 1769, momento, el de este último año, en el que la tendencia vuelve a orientarse hacia el estancamiento, bies es cierto que mucho más breve que el de la centuria precedente y probablemente menos intensa de aplicar coeficientes de corrección a los datos censales, para experimentar  una nueva etapa de fuerte crecimiento demográfico que, a tenor de los datos parroquiales, cabe situar tras la guerra del francés.

Evolución demográfica de Castelló de la Plana.

AÑOS                  VECINOS          HABITANTES

1609                               1165                     4660

1646                              1152                     4608

1713                              1072                     4288

1769                                                         10602

1786*                                                       11794

1803                                                         12204

1857                                                         19945

  • *Los datos correspondientes al censo de Frloridablanca provienen de un escrutinio de la propia fuente en la que se detectó un error de cómputo no advertido en otras publicaciones.

Entre los aspectos más reseñables de esta evolución demográfica cabe advertir, en primer lugar que el montante de la población castellonense se situó  durante la época moderna muy por encima del resto de núcleos pertenecientes a su ámbito administrativo, y es que no hay que olvidar que su ascendiente político junto a sus posibilidades económicas, máxime cuando a partir de finales del siglo XVII, el centro de gravedad económico se decanta hacia la periferia, fueron factores determinantes en este aspecto.

En segundo lugar, subrayar que la incidencia de conflictos generalizados como la guerra de Sucesión o la del francés se diluye en el marco de un período de estancamiento demográfico que antecede en unas décadas al propio conflicto, por lo que la incidencia de éste más que como una causa actúa como un agravante, si se quiere como un elemento más que añadir a unas causas que en verdad sólo atañen a la alteración del binomio existente entre población y recursos, y solo cuando el desarrollo económico lo permite está la población en disposición de iniciar una nueva etapa con ritmo ascendente.

Idéntico razonamiento cabe efectuarse en lo concerniente a los efectos indirectos de la expulsión de los moriscos, ya  que no puede hablarse de incidencia directa, puesto que la supuesta corriente migratoria que produciría se inscribiría en el marco de una población ya estancada desde décadas anteriores y sus efectos no irían más allá de acentuar esta pauta.

Por último incidir en que el crecimiento demográfico de la villa durante la época moderna debió responder sobre todo a factores endógenos.

Esta suposición, en parte acreditada por la propia evolución demográfica, encuentra su refrendo en las características que conocemos acerca de los comportamientos vitales, sobre todo por lo que respecta a la segunda mitad del siglo XVIII analizada, entre otros por Barrera y Esteban, entre las que destaca la escasa propensión al celibato, tanto que el óbito de uno de los cónyuges normalmente era subsanado rápidamente restableciéndose así el modelo conyugal, por lo que el matrimonio vendría a ser en la capital de la Plana una especie de norma que, además , se produciría a edades relativamente tempranas, como lo atestigua el que la edad de las madres cuando se produce el primer alumbramiento era de veintitrés años –aplicando los intervalos ínter genésicos normales resultaría frecuente que una mujer llegase a parir siete u ocho veces-.

Por otra parte, hemos de advertir el predominio del tipo de residencia nuclear, propio de núcleos urbanos, en el que los hijos abandonan el hogar en el momento de casarse, circunstancia que, además de sus implicaciones demográficas, tendrá su incidencia en el desarrollo urbano de la villa.

Estas consideraciones nos introducen ya de lleno en la estructura demográfica entre cuyos aspectos destaca, a tenor de lo expresado en las pirámides de población de 1786 y 1803, el que las edades se muestran conformes a la distribución de las poblaciones de finales del Antiguo Régimen, con un importante peso de los jóvenes en el total, producto de una elevadas tasas de natalidad y mortalidad, reduciendo esta última rápidamente los efectivos de las últimas generaciones.

Igualmente, llama la atención el que aproximadamente la mitad de las mujeres cuyas edades estaban comprendidas entre los 16 y 25 años estuviesen casadas –a partir de los veinte años el número de casados superaba al de solteros-, aspecto que debe ponerse en relación con el escaso porcentaje de solteros  a partir de los cuarenta años.

Por todo ello, cabe entender que en un medio dinámico como el castellonense, donde la densidad sería elevada y, además, existiría un elevado grado de disociación entre propiedad y explotación, patente en el mundo de las profesiones y artesanos pero generalizado al resto de grupos, que permitiría aminorar la importancia de la herencia haciendo que los jóvenes dependiesen más de su capacidad de trabajo para dar paso a la constitución de nuevos hogares, creando, por así decirlo, una especie  de cultura, de impronta, que se manifestaría ejerciendo una gran presión social para casarse.

Sea como fuere, la realidad castellonense pasaría por el binomio de matrimonios tempranos/celibato bajo, con lo que la elevada nupcialidad, principal mecanismo para regular la reproducción final de la sociedad, contribuiría a superar los embates de coyunturas adversas.

LAS ESTRUCTURAS FAMILIARES.

Tal y como sería de prever, después de lo expuesto anteriormente, la estructura de los hogares castellonenses se encuentra caracterizada por el marcado predominio de las familias simples, entendiendo con ello el conjunto de solitarios, sin estructura familiar y nuclear –unidad conyugal-.

La constatación de esta suposición la encontramos refrendad a partir de los datos del vecindario de 1803, el cual indica que más del ochenta por ciento de las casas y de los habitantes se agruparían en torno a este concepto, donde destaca sobremanera el tipo de familia nuclear.

No obstante, las familias de tipo complejo, extensas y múltiples –una unidad conyugal con otro pariente, normalmente ascendiente, y dos o más familias, respectivamente-, pese a suponer porcentajes inferiores, adquieren notoriedad si se ponen en relación con los tipos constituidos por los solitarios y los hogares sin estructura familiar, máxime si tenemos en cuenta, además, que en conjunto agrupan a una porción importante de la población – en torno a un dieciséis por ciento-. Sin embargo, la proporción de hogares que representan – en torno al 11%- no creemos haga de este tipo de estructuras un elemento significativo de las formas residenciales castellonenses

En conjunto estos guarismos, que en líneas generales se corresponden con los obtenidos para otras ciudades, no hacen sino ratificar las características específicas de la controvertida noción del sistema familiar occidental, incidiendo en el hecho de que donde estuviese vigente el derecho castellano de reparo equitativo de la herencia la regla neolocal constituiría el sistema de residencia predominante de los grupos domésticos.

Distribución de las casas y habitantes por estructuras familiares en 1803.

Tipos Casas % Habitantes % Hab. casa
SOLITARIO 215 7.1 215 1.7 1
SEF 54 1.7 172 1.4 3.19
NUCLEAR 2.376 79.1 9.685 80.0 4.08
EXTENSA 203 6.7 1.044 8.6 5.14
MÚLTIPLE 153 5.09 983 8.1 6.42
Total 3.001 12.099 4.03

Fuente: Barrera, M. y Esteban, T. (1998)

Por otra parte, los datos también subrayan también el carácter urbano de esta población en 1803, donde el tipo de residencia neolocal vendría a constituir la norma, no sólo propiciada por el sistema de transmisión hereditaria en uso –régimen de transmisión bilateral en el que los bienes, salvo medidas correctoras se reparten a partes iguales entre los herederos, sino también por el hecho de que en un medio urbano la separación de las unidades familiares apenas tendría repercusión práctica, puesto que la proximidad física y el estrecho contacto, se viviría en la misma parroquia, calle o incluso en la acera de enfrente o en la casa de al lado, continuarían siendo los elementos definitorios de una estrecha sociabilidad en la que la relación entre padres e hijos, hermanos, primos, etc., se desenvolvería con perfecta normalidad sin que la residencia neolocal supusiese un menoscabo para el desarrollo de las relaciones que los lazos de consanguinidad permiten e inducen a establecer.

Resulta obvio subrayar la mayor representatividad, en torno a un 40% del total, de los hogares nucleares, puesto que ello no constituiría más que la situación típica de amplias regiones europeas, sobre todo en su vertiente mediterránea.

Pese a que la fuente no permite abordar con profundidad el análisis del vinculo y grado de parentesco entre los miembros de la casa, al señalar solamente la edad y el estado civil de sus componentes, aunque la repetición de apellidos o incluso el nombre de pila permite establecer con cierta verosimilitud los primeros lazos de consanguinidad, el rasgo que define de manera mayoritaria este tipo de familia reside en la presencia de una unidad familiar conyugal articulada de manera descendiente, es decir, de padres a hijos, salvo en los casos de viudedad donde persiste la misma relación, idéntica unidad familiar, sólo a través del vínculo entre el cónyuge superviviente y los hijos.

LA DISTRIBUCIÓN URBANA.

La población castellonense vivía prácticamente en su totalidad en el casco urbano, excepción hecha de las casas de la Baronía de Benicássim y algunos hogares dispersos por el término municipal que en 1769 alcanzaban la cifra de 135.

Esta curiosidad advierte de la enorme presión que sobre el casco urbano ejerció el crecimiento demográfico, sobre todo el del setecientos, conjugado con un tipo de residencia mayoritariamente nuclear.

Una presión ejercida sobre unos barrios o parroquias que continúan la tradición medieval y mantienen las mismas denominaciones que en el siglo XIV, a saber, Santa María, San Juan, San Nicolás, San Pedro, San Agustín y Santo Tomás. A ellos se añaden los arrabales construidos extramuros a los barrios de San Juan y San Nicolás, lo cual determina durante el siglo XVIII la distinción entre su condición de villa y arrabal, al menos hasta que desaparezcan a finales de la centuria las murallas medievales.

Santa María constituye el núcleo antiguo de la población y alberga la iglesia parroquial y la Casa de la Villa; en la plaza que las separa y calles circundantes tenían lugar las ferias.

San Juan Villa se desarrolló a partir del siglo XIV como una de las ampliaciones del primitivo recinto amurallado; conocido originalmente como el Arrabal del Rosario; su límite norte es la calle de San Juan por donde entra en la villa el camino del Maestrazgo, en las inmediaciones, del cual se emplazo el ferial ganadero sobre cuyo solar surgió a finales del siglo XVIII la Plaza Nueva, que desde el año 1800 y hasta fecha reciente albergó el semanal mercado de los lunes.

San Nicolás Villa presenta un origen similar al de San Juan de la Villa; la calle axial de ambos es la de arriba –actualmente de Alloza-, San Juan del Arrabal comprende el conjunto de edificaciones surgidas extramuros en el ángulo sudoeste de la villa.

San Nicolás Arrabal es el Raval por excelencia, también originalmente denominado Arrabal de S. Francisco; nacido junto al lado norte de las murallas y atravesado por el camino real.

San Pedro es también uno de los barrios antiguos de Castelló; limitado por las calles de En medio, Zapateros, Mayor y la muralla en su cara septentrional.

San Agustín se sitúa en el ángulo noreste del primitivo recinto amurallado y Santo Tomás limita con la anterior parroquia a través de las calles del Agua y Mayor.

Distribución por parroquias de los habitantes y casas.

1769 1803
CASA HABITANT H/C CASA FAMILIA HABITANT H/F H/C
Santa María 204 794 3,89 173 195 725 3,72 4,19
S. JUAN VILLA 341 1255 3,68 335 434 1525 3,51 4,55
S. JUAN ARRABAL 609 2186 3,59 756 865 2870 3,32 3,8
S. NICOLÁS VILLA 305 1150 3,77 272 328 1249 3,81 4,59
S. NICOLÁS ARRABAL 602 2130 3,54 726 800 2848 3,56 3,92
S. PEDRO 260 998 3,84 252 262 944 3,6 3,75
S, AGUSTÍN 223 819 3,67 201 237 811 3,42 4,04
STO. TOMÁS 301 1135 3,77 286 308 1127 3,66 3,94
TOTALES 2845 10467 3,68 3001 3429 12099 3,53 4,03

Fuente: Sánchez Adell, J. (1959), Barrera, M. y Esteban, T. (1998)

La distribución por parroquias de los habitantes y casas permite no sólo aproximarnos a las dimensiones de cada una de las parroquias sino también efectuar una comparación entre los datos correspondientes a los años 1769 y 1803.

Lo que más llama la atención es la enorme importancia de los arrabales, los cuales albergaban un 41.2 % de la población urbana castellonense en 1769 y ya en el año 1803 suponían el 47.2 por ciento.

Son, por tanto, los arrabales de S, Juan y S. Nicolás los que polarizan el crecimiento demográfico castellonense durante el último tercio del siglo XVIII, posibilitado por la reforma urbanística presidida por el gobernador Bermúdez e ilustrando un proceso o tendencia que sería extensible a toda la historia urbana de la villa y que, sin duda, también marcaría el desarrollo posterior de la capital de la Plana.

Corroborando esta situación observamos que la mayoría de las parroquias situadas inicialmente intramuros experimentan una evolución de signo negativo, lo cual nos remite a una progresiva pérdida de peso específico del centro y parte oriental de la villa en beneficio del Oeste; en otras palabras, y habida cuenta de que S. Juan y S. Nicolás de la Villa también experimentan un notable incremento, el desarrollo urbano de Castelló de la Plana se habría canalizado hacia el Oeste. Si se quiere hacia el interior.

El análisis por casa habitadas se ajusta en líneas generales a lo descrito, si bien cabe puntualizar que en las parroquias de S. Juan y Nicolás de la Villa el número de hogares también desciende.

Nos encontraríamos pues, ante un proceso de abandono de casas, paralelo al desarrollo de los arrabales, que en algunos casos tendría como correlato lógico un proceso de habilitación del espacio, ampliando los hogares mediante la anexión de las casas contiguas.

Sólo de esta manera, es posible entender, a la par que conjugar, que la disminución del número de casas vaya acompañada por un estancamiento, que no un claro descenso, del número de habitantes y de un aumento de la ratio de habitantes del hogar, circunstancia harto evidente en el caso de las parroquias de S. Juan y S. Nicolás de la Villa, prácticamente las responsables, junto a Santa María, de que la ratio supere en Castelló de la Plana la cifra  de cuatro habitantes por hogar.

La causa de tal evolución no puede ser otra que la lógica limitación del espacio en los barrios tradicionales de Castelló, máxime en una coyuntura demográfica expansiva como lo fue la del setecientos, mientras que en los arrabales las posibilidades de ampliar el espacio, de expandir el casco urbano, darían lugar no sólo a un extraordinario aumento del número de casas, sino también a una ratio menor de almas por hogar, este proceso probablemente activado ya en el año 1769, parece ganar en intensidad durante las postrimerías del siglo como consecuencia de la propia evolución demográfica, responsable tanto del aumento del número de vecinos en la mitad de las parroquias como del considerable ascenso de la relación de habitantes por casa en todos y cada uno de los barrios de la villa.

LA AMPLIACIÓN URBANÍSTICA (1792-1801).

El punto de partida es el crecimiento demográfico de Castelló de la Plana, el cual no podía sino forzar el propio desarrollo urbanístico de la villa.

Un desarrollo plasmado en las postrimerías del siglo, concretamente entre los años 1792 y 1801, de la mano del que fuera gobernador Don Antonio Bermúdez de Castro, mediante dos fases: por un lado, establecimiento de casas en la antigua muralla que rodeaba el casco urbano y, por otra parte, el establecimiento de casas en la recién construida Plaza Nueva o del Rey, a partir de la pared propia del Gremio de los Sogueros.

El gobernador Bermúdez de Castro no hará sino seguir los trazos de la política de su antecesor en el cargo D. Nicolás Mariño, el cual ya había expresado que a causa de las tempestades acontecidas en la villa los años 1765 y 1774 las murallas, ya de por si deterioradas, aún lo habían sido más y “a pie llano se entra en cualquier partesiendo estomuy perjudicial pues si hubiese una epidemia sería imposible regular la entrada en la plaza”.

Como se desprende, el gobernador Mariño temía por los inconvenientes sanitarios, considerando  que un enclaustramiento de la población conllevaría un menor riesgo de contagio. Por esta razón, propugnaba una reconstrucción de la muralla con el consiguiente control de las puertas de acceso.

Bermúdez de Castro heredó esta preocupación por el lamentable estado de la muralla pero, llevó a cabo una solución más drástica: la demolición, la cual, además, permitía resolver los efectos del crecimiento demográfico en el desarrollo urbano de la villa.

El problema que esto conllevaba era el costear la demolición, habida cuenta que si no se habían arreglado anteriormente las murallas era porque el Ayuntamiento “ya no poseía unos caudales específicos para arreglar Muros y Vallas pues lo había reunido con los demás propios”, arrastrando un déficit en sus cuentas municipales con motivo de la fuerte deuda contraída que, a la postre, concitaba todos sus esfuerzos financieros.

La solución no podía ser otra que trasladar los gastos a los vecinos que se estableciesen en los patios que quedasen libres tras el derrumbamiento de la muralla, de este modo, además de no pagar nada por las obras de demolición, se conseguirá sanear las arcas municipales mediante los ingresos  generados por los nuevos establecimientos.

Habida cuenta que el estado en que se encontraban las murallas exigía una actuación en un sentido u otro, se determinó que lo mejor sería ceder al empuje demográfico de la villa a la par que saneando la economía municipal.

Trazados estos objetivos el siguiente paso dado fue el de precisar los criterios estilísticos, más que urbanísticos, que iban a presidir la ampliación.

Para ello se tomó como punto de referencia las “Constituciones para el gobierno de la Junta de Comisión de Arquitectura de la Real Academia de San Carlos”, cuyo punto XVI dice que “las cornisas es una de las partes que constituyen la bondad y hermosura del edificio; porque no consiste que el todo esté baxo las buenas reglas del Arte, sí que es menester también que las partes correspondan al todo y sean de buen gusto”.

Este gusto por la simetría y proporcionalidad, vino también acompañado por otras medidas dirigidas a mejorar las condiciones del casco urbano, como por ejemplo evitar los barrizales cuando llovía y, en cualquier caso, facilitar el tránsito de carros.

Así el decreto del 21 de enero de 1800 obligaba a que “en el término de 2 días cada vecino sacara el sieno o lodo que tenga por el frente de su casa o el de otros, echando paja para su mezcla, con la obligación de que cada carga que saque ha de reemplazarla con otra de casquijo del río o de las cequiaza y de ninguna manera de tierra; cada vecino compondrá el frente de su casa con casquijo o empedrándolo con igualdad sin que ninguna frente quede más levantada que el otro vecino inmediato, desmontando todos los embarazos que haya para conseguirlo. Si no lo hacen en dos días lo hará un maestro de obra a costa del vecino”.

En otro orden de cosas, no cabe duda que una ampliación urbanística como la llevada a cabo por los designios del gobernador Bermúdez debió alentar en cierto desarrollo económico, sobre todo en la construcción, no exento de connotaciones especulativas, como lo demuestra el hecho de que algunos beneficiarios llegasen  a acaparar una parte significativa de los solares, que posteriormente arrendaron.

Al final, podemos decir que el Castelló que legó el gobernador  Bermúdez fue muy diferente al que se encontró cuando tomó posesión de su cargo.

La ampliación del perímetro urbano respondía a unas ideas urbanísticas propias de la Ilustración, procurando unos espacios más anchos, simétricos y de trazado regular, las fachadas de las casas estarían presididas por balcones, intentando un mayor acercamiento del vecino desde el interior hacia el espacio urbano.

En este sentido el urbanista tiene presente la importancia de la calle como espacio de socialización, de ahí el interés por el uso de arboledas tan querido por la burguesía del siglo XIX.

Esta preocupación, además, aparece conjugada con las necesidades de la villa derivadas de su crecimiento demográfico, con el continuo tránsito de carros, de ahí el deseo de ensanchar las vías.

Sea como fuere, las murallas ya no tenían sentido, bien porque apenas protegían en caso de conflagración, bien porque su presencia dificultaba el desarrollo de las actividades comerciales.

Por último, la construcción de viviendas revestía una importancia a la que tampoco debió ser ajeno Bermúdez de Castro, puesto que el crecimiento económico y demográfico conllevó una polarización social que, junto a la falta de desarrollo urbanístico, debió precarizar el acceso a la vivienda, a la residencia neolocal, tan arraigado en los usos y costumbres de los castellonenses: esta situación, junto al aumento de los precios de los alimentos, la inflación, podía ser caldo de cultivo para rebeliones populares, y en este sentido, la ampliación de la oferta urbana puede paliar este descontento.

No en vano los residentes en esta ampliación  urbanística, al margen de operaciones especulativas, que en última instancia la mayoría de ellas se dedicarían al alquiler, serán labradores y artesanos y entre éstos los más importantes los sogueros.

La ciudad de Castellón de la Plana

V.V.A.A. (1999) Ayuntamiento de Castellón de la Plana. Castellón

Fuente.- Mª Jesús Gimeno

CASTELLÓ DE LA PLANA

La época moderna (Siglo XV- XVIII)

CULTURA Y MENTALIDADES

No es posible analizar la sociedad al margen de la cultura y su mentalidad.

Partiendo de estas premisas nos encontramos con una serie de características que determinan durante la época moderna la vida y manifestaciones culturales castellonenses.

Respecto a la cultura entendemos que se trata de una cultura religiosa, puesto que es la religión la que condiciona las normas que regulaban el funcionamiento de la vida en sociedad, incluso en sus aspectos organizativos y festivos, tal como lo prueban las cofradías.

Veremos como  desde las dependencias parroquiales, y no sólo a través del púlpito se impartían enseñanzas fundamentalmente sobre doctrina cristiana. Por otra parte existía una mayoría de gente iletrada junto a una élite de intelectuales que, de alguna manera, van a hacer evolucionar los patrones culturales existentes,  dando paso  a lo que podríamos llamar la evolución cultural castellonense.

El panorama cultural durante el siglo XVI, era que la mayor parte de la población era iletrada, así se deduce de los protocolos notariales correspondientes a la villa entre 1526 y 1598 que efectuó Gil Vicente, puesto que sólo un 18% de castellonenses firmaron los documentos, siendo los labradores, las mujeres y las viudas, los colectivos que mayor índice de analfabetismo mostraron. Este panorama es consecuencia, a parte de las motivaciones personales, el deficiente estado de las aulas de gramática de la villa, en los que, tal  y como se denuncia en un memorial de 1588, cada vez acudían menos niños a las aulas.

Sea como fuere, el acceso a la cultura estuvo restringido a los grupos más acomodados que encontraron por esta vía un medio de promoción social puesto que desde las aulas municipales y eclesiásticas se podía pasar a estudios de carácter universitario, desde los cuales acceder a cargos en la administración, Iglesia y justicia, con los que introducirse en el seno de la oligarquía local, o incluso ascender al rango nobiliario. En esta época la nómina de intelectuales castellonenses se nutre del universo social de las profesiones y, sobre todo, de la clerecía.

La cultura siempre estaba ligada a los centros de difusión cultural, como por ejemplo Valencia, o a los centros de poder como la Corte. Esta circunstancia, fue la que permitió la asunción en la villa de las corrientes culturales vigentes durante le época moderna. Si bien es cierto que el humanismo renacentista no tuvo en la villa el eco que acreditó en otros foros más importantes, aunque castellonenses como Miquel Joan Pascual, autor de un conocido tratado sobre medicina práctica y otro sobre la sífilis, fueron protagonistas de uno de los momentos de mayor esplendor del Estudi General de Valencia.

RELIGIÓN

En cambio si tuvo una incidencia directa el repliegue del catolicismo tras el fracaso  del humanismo y su sustitución por el espíritu de la Contrarreforma.

Por el miedo a la Inquisición, así como por el adoctrinamiento que desde el púlpito  se hacía, el espíritu de la Contrarreforma alcanzó a todos los feligreses de la villa. Entre las evidencias de este proceso de institucionalización de los patrones culturales de la Contrarreforma a partir de la segunda mitad del siglo XVI se puede hacer mención expresa del contenido de las disposiciones testamentarias de los castellonenses, donde la profesión de fe hacía especial hincapié en la devoción mariana.

Igualmente se expresa, en la ratificación de la creencia del carácter redentor de los sacramentos encontrando su refrendo en la ampliación del templo de Santa María para la construcción de una capilla dedicada a la Comunión.

A estas constataciones,  hay que añadir la proliferación de las cofradías, que añaden a este proceso una religiosidad vivida, sentida y llena de connotaciones festivas. Y hablamos de proliferación porque  de las catorce cofradías castellonenses al menos la mitad se constituyeron durante el siglo XVII, en plena efervescencia del movimiento de la contrarreforma.

El ejemplo constituido por las cofradías ilustra el camino por el que discurría la cultura desde los patrones culturales a través de un proceso de institucionalización hacia las motivaciones personales, es decir, desde la corriente contrarreformista hacia la constitución de unas cofradías a las que adscribían a la mayor parte de los castellonenses.

De este  patrón cultural un buen ejemplo lo dan las bibliotecas de los intelectuales castellonenses donde, de manera general destaca la presencia de libros relacionados con materias como la religión y la historia. Estos temas constituían durante buena parte de la época moderna los motivos de reflexión y disertación intelectual en la villa.

Cofradías de Castelló de la PLana
Nombre Ubicación Año de Fundación
Santísimo Sacramento Santa María 1604
Nuestra Señora del Altar Mayor Santa María 1581
Almas del Purgatorio Santa María 1681
San Cristobal Santa María
San Miguel Santa María 1668
Nuestra Señora de Lidón Ermita de Lidón
Purísima Sangre de Cristo Iglesia de la Sangre
Virgen del Rosario Convento dominicos
Nuestra Señora del Consuelo Convento agustinos 1606
Virgen de Gracia Convento agustinos 1306
Santa Bárbara Convento franciscanos 1685
Cordón de San Francisco Convento franciscanos
Purísima Concepción Convento clarisas 1649
Divina Pastora Convento capuchinos 1767

——————————————————- no publicado

HISTORIA.

En cuanto a la historia merece reseñarse la contribución de José Llorens de Clavell (1660-1734), heredero de una tradición entre los que se cuentan Viciana, Escolano o el también castellonense José Miguel Falcó,  autor de la conocida como Crónica de Castelló cuya redacción culminó en 1730. Se trata de una obra en la que, en consonancia con otros trabajos anteriores , el autor se contenta con dar una serie de referencia históricas que situasen la importancia de la población, para poder así pasar a dedicar mayor espacio a la información y noticias coetáneas de la villa.

Llorens de Clavell, de profesión notario en ejercicio desde 1683, como historiador muestra un afán por la precisión y exhaustividad que le convierten en un auténtico erudito.  En efecto, no sólo la “Fundación y traslado de la villa de Castelló desde el principio, de su Iglesia Parroquial, conventos, ermitas y otras noticias y curiosidades…” hace referencia a testimonios procedentes a la tradición historiográfica del País Valenciano, sino que además los datos que contiene están cotejados con las fuentes del propio archivo municipal.

Como se sabe el siglo XVIII es ya el de la Ilustración, aunque el panorama cultural de la villa todavía permaneciese anclado en los patrones culturales propios de épocas anteriores.

Por eso el camino hacia la asunción de los nuevos patrones de la ilustración lo realizarán los castellonenses de manera paulatina y sin fracturas, a través de una evolución que protagoniza, como no podía ser de otra manera, un grupo social muy concreto como son los eclesiásticos  en el marco de una cultura que, ahora más que nunca, está en la Corte y a través de la carrera eclesiástica es donde los castellonenses  podían ver satisfechas sus aspiraciones de promoción social conjugadas con la inquietud intelectual.

En este contexto cabe destacar a uno, José Climent, obispo que fuera de la diócesis de Barcelona, el cual resume en su figura y obra las características de un movimiento que es ilustrado en tanto que, con tendencias reformistas que vinculan su pensamiento y obra al Despotismo ilustrado, y es desde aquí donde Climent traza el puente necesario desde planteamientos regalistas a los postulados jansenistas.

El afán ilustrado de reforma y de modernización alcanzó también a la Iglesia española. Los partidarios de introducir elementos de racionalización en las estructuras eclesiásticas y de promover una depuración del sentimiento y de la práctica religiosa en el seno del catolicismo español fueron llamados jansenistas, término que, aplicado en este caso, poco tiene que ver con la acepción dogmática relativa a los postulados contenidos en la obra de Jansenio y condenados por la Iglesia, a no ser en lo que se refiere a la exigencia de un mayor rigorismo moral y de una mayor interiorización de la vivencia religiosa.

Frente a Emile Appolis, que defendía la existencia de un tercer partido situado entre las posiciones ideológicas tradicionales y las declaradamente jansenistas y caracterizado por su voluntad reformista de inspiración meramente jansenizante, la realidad no avala tales distinciones y señala a los jansenistas españoles como la vanguardia reformista del catolicismo ilustrado.

Uno de los componentes del jansenismo hispano es el regalismo, es decir, el reconocimiento del derecho y la conveniencia de la intervención del poder político en el ámbito eclesiástico. Esta tradición intervencionista, arraigada en la práctica de la Monarquía española desde los albores de la constitución del Estado moderno, encontró una formulación teórica tajante desde los primeros años de la entronización de la nueva dinastía, gracias al famoso Pedimento redactado por Melchor de Macanaz, que constituye un verdadero tratado de regalismo para uso del joven Felipe V y que valió al autor la persecución eclesiástica y uno de los más notables empapelamientos de la época moderna.

En este contexto habría que destacar la convicción por parte del monarca Carlos III, de que una transformación de las estructuras agrarias e industriales, solo podía producirse si se cambiaban a su vez las bases sociales.

En torno a esta pretensión cobraba una gran importancia la cuestión del poder eclesiástico y la renovación espiritual. Así, el obispo Climent, a su vez integrado en el grupo de valencianos apadrinados por Mayans, y junto a castellonenses de la talla de Pérez Báyer y Bertrán, se vio inmerso en la vorágine del regalismo, antijesuitismo y jansenismo.

Manifestaciones todas ellas que giran alrededor de la reducción de la independencia del poder eclesiástico y de su sometimiento a la autoridad real. Objetivo, a su vez, claramente vinculado a la nueva actitud religiosa que preconiza el jansenismo, esto es, que ante la situación acomodaticia y materialista a la que había desembocado la religiosidad oficial se propugnaba romper las ataduras temporales y retornar a fórmulas  propias del cristianismo primitivo, sobre todo en cuestiones relativas a la laxitud moral y a la importancia de boatos y supercherías.

Esta nueva fórmula  encontró  en el obispo Climent su figura más señera, ayudado y apoyado por el denominado grupo de Castelló, el cual estaba constituido además por Pérez Báyer y Bertrán y Bertrán, insertado, a su vez, en el grupo aragonés que encabezaba Manuel Roda, quienes hicieron valer sus méritos para que en 1766 Carlos III le nombrara Obispo de Barcelona.

La tarea desempeñada en esta diócesis fue ardua y no exenta de compromiso político puesto que, por un lado, preparo el terreno para la reforma de los Colegios Mayores y de la Universidad y, además, propugnó mediante sus pastorales un retorno a un cristianismo más primitivo y sencillo, solo de este modo pensaba el Obispo Climent, se podía impulsar una religiosidad más racional e interiorizada. Tan fuerte fue su determinación que suscito tanto el rechazo de Roma como los recelos de Madrid, circunstancia que motivó finalmente su destitución el año 1775.

Este episodio, le llevó definitivamente a su ciudad natal donde moriría en 1781. En éste breve intervalo de apenas seis años toma fuerza otro aspecto de la personalidad de Climent, que no es otra que su sensibilidad social llevada a un compromiso por mejorar las condiciones sociales de su entorno.

En efecto, el ideal de progreso que subyacía en su espíritu ilustrado le llevó a fundar en el año 1776 la Casa de niños y niñas de huérfanos de San Vicente Ferrer. Esta fundación piadosa, para la que Climent dispuso de todos sus bienes, estuvo presidida por el concepto de utilidad y su sentimiento práctico le llevó a centrarse en los niños. Además en una coyuntura de fuerte crecimiento demográfico, para insertarlos en la sociedad de manera que su socialización pudiera revertir en el progreso general y en la paz social.

Las ideas y acción de Climent, tan señeras, dejaron una huella indeleble entre sus conciudadanos, y no fueron ni mucho menos una experiencia aislada, sino que, al contrario vienen a demostrar el desarrollo ya bien avanzado el siglo XVIII de unos nuevos patrones culturales, los de la Ilustración.

A partir de las ideas de Climent, se evidencia  un cambio en las cláusulas testamentarias que muestran una evolución de las disposiciones pro remedio animae durante el siglo XVIII en el sentido de una mayor sencillez huyendo, en líneas generales, de la proliferación de oficios o de ceremonias más fastuosas; también idéntica evolución conocen las mandas (donación o legado que se hace en testamento) piadosas que se orientaron hacia una finalidad más práctica, de mayor contenido social, proliferaron las donaciones al hospital, así como a otras fundaciones como la propia Casa de huérfanos fundada por Climent u otras de idéntica índole como la Casa de enseñanza de niñas establecida por Isabel Ferrer en la misma fecha.

Otro testimonio de este cambio lo constituye Manuel Sisternes y Feliu, coetáneo y correligionario de Climent, si bien su acción no discurrió por los cauces de la carrera eclesiástica sino que lo hizo desde el funcionariado público –fue fiscal en la Audiencia de Barcelona donde además coincidió con Climent- donde además de su talante regalista y filojansenista apostó por el triunfo y desarrollo de las tesis fisiócratas, y tanto predicó  con su ejemplo que amplio su patrimonio adquiriendo tierras en la partida de Benadresa que  transformó en regadío, de este modo aparece Sisternes como el claro exponente del burgués de finales del Antiguo Régimen y como el resultado de las ideas y transformaciones sociales realizadas durante el setecientos, que todavía tendrán que alcanzar su esplendor en el siglo XIX con el definitivo triunfo del liberalismo.

Dentro de este planteamiento global, de cambios tanto culturales, religiosos y sociales, Castelló de la Plana no fue una excepción, y así, cabe destacar el papel que la cultura desempeñó como vía de promoción social, de acuerdo con las circunstancias y motivaciones personales, de ahí se deriva, por un lado el carácter iletrado de la mayoría de castellonenses como corresponde a la vigencia de las estructuras económicas propias del Antiguo Régimen, por otra parte, también se deduce que los caminos para esta promoción social a menudo alejaron a los castellonenses hacia los centros de producción y difusión cultural.

Por otro lado, vemos como toda la época moderna la religión marcó todas y cada una de sus manifestaciones; la mayor parte de agentes culturales son clérigos.

Por el contrario en el haber de los cambios se constata la evolución hacia nuevas formas, precisamente las propias de la Ilustración, caracterizadas por el compromiso de la cultura con las realizaciones prácticas, con el progreso de una sociedad, la castellonense.

Fuente: Modest Barrera Aymerich

La ciudad de Castellón de la Plana

V.V. A.A. (1999) Ayuntamiento de Castellón de la Plana

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1 comentario »

  1. El treball de Vicent, és al meu parèixer, a més de laboriós, molt meticulós. Dona goix, veure, com persones sense mes motiu que el plaer de aprendre i de donar a conèixer la seua investigació, és d’agrair. Doncs és difícil sense una bona preparació, i ganes de treballar poder fer esta magnífic treball.

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    Comentario by una companya — 17 junio 2011 @ 15:09

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