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EL CASTILLO DE MIRAVET, UN MONUMENTO OLVIDADO

El castillo de Miravet, en su día cabeza del distrito de la Tinença de su nombre, comprendía los territorios del castillo de Albalat, la villa de Cabanes y los lugares que posteriormente serían Benlloch y Torreblanca. Ubicado en la cima de un montículo de 286 metros de altitud, el castillo da también nombre al frondoso barranco por el que discurre la carretera que enlaza Oropesa con Cabanes, enmarcado en el Paraje Natural del Desierto de las Palmas. Son tierras ásperas y abruptas, cubiertas de abundante vegetación autóctona, en las que proliferan fuentes de limpias y cristalinas aguas como las de Miravet, Font Tallà, Perelló, de Roc, etc. Es uno de los lugares históricos y pintorescos del término municipal de Cabanes. Aunque sus orígenes son desconocidos, sus inmediaciones estaban ya habitadas en la época prehistórica según lo revelan distintos yacimientos del Neolítico. De lo que no cabe ninguna duda es que la dominación musulmana arraigó mucho por estas tierras, como lo demuestra su mismo topónimo y el de sus castros jurisdiccionales de Albalat y Sufera. Si atenemos a su etimología, Miravet debió ser un monasterio de monjes guerreros musulmanes dedicados a la guerra santa, con la finalidad primordial de defender esta zona de cualquier tipo de ataques. Históricamente se sabe que en 1091 el Cid Campeador conquistó este territorio a los moros, si bien la conquista no se consolidó hasta un siglo después, cuando el rey Jaime I la llevó a cabo, dando la Tinença de Miravet al obispo y cabildo de Tortosa por la ayuda prestada por éste en la reconquista, según consta en el documento otorgado en Tortosa el 27 de abril del año 1225 a favor del obispo-barón Poncio de Torrellas, quien se dedicó a repoblar de cristianos todo el territorio y los circundantes de Villafamés y Cuevas de Vinromà, otorgando paulatinamente cartas de población a Cabanes (1243), Benlloch (1250) y Torreblanca (antes de 1350).

La iglesia de San Martín y San Bartolomé

Aunque tampoco se conocen los orígenes de la parroquia de Miravet, cabe suponer que los cristianos del lugar utilizarían la antigua mezquita árabe. La iglesia de San Martín y San Bartolomé, que ha llegado a la posteridad, parece ser del siglo XIV y tiene una sola nave rectangular de 13,20 x 5,63 metros, con portada románica de dovelaje y jambas pétreas. Su techo, a doble vertiente, estaba sostenido por tres arcos torales apuntados, también de piedra. En su interior debió tener el techo con artesanado de madera según delatan los canecillos y ménsulas de sus paredes. La pequeña iglesia, como el castillo, se encuentra actualmente en estado ruinoso. En su caminar hacia el ermitorio de Les Santes o en su periplo del litoral a la montaña, el viajero pude contemplar todavía las ruinas del castillo de Miravet, con los restos de su torre del homenaje, sus recintos y una parte de su pequeña iglesia. En sus restos, el vetusto castillo encierra una historia que se mantiene viva entre las gentes de la comarca, al tiempo que pregona la reciedumbre de unos hombres que nos dejaron el testimonio de sus hazañas en la época medieval. La espiritualidad cabanense rinde cada año secular tributo en los traslados de la patrona, la Virgen del Buen Suceso, a la población, pues al divisar la romería las lejanas ruinas del castillo y su iglesia, se canta un responso por los difuntos de Miravet, allí en el camino donde en 1975 se levantó un monolito, el ‘Molló de Sant Martí’, con motivo del IV centenario de la anexión de Miravet y Albalat a la villa de Cabanes. Por su monumentalidad, por lo que representa en el patrimonio de la comarca y por su singular arquitectura, el castillo de Miravet, catalogado como BIC (bien de interés cultural) por la Consellería de Cultura, merece bastante más atención que la que hasta el momento le han dispensado las administraciones. Cabanes y la provincia tienen en el castillo de Miravet una de las asignaturas pendientes. Por muchas razones, entre las que no hay que olvidar la excesiva estimación por lo propio, el monumento reclama la decidida actuación de las instituciones para poder liberarlo de una total ruina a la que en pocos años se verá abocado.

J. Herrera Boira. Alumno de 1º B de la Universidad de Mayores de Castellón