EL lenguaje de las abejas

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Las abejas

El interés del hombre por el mundo de las abejas se pierde en la noche de los tiempos, no sólo por los productos y beneficios que ha obtenido de ellas, sino por su atractiva y modélica sociedad, con muchos enigmas por descifrar, todavía, por ciencia actual.

Dos abejas bebiendo agua

Formas de comunicarse: señales acústicas

Estos insectos emplean varios tipos de señales de comunicación. Así, por ejemplo, las acústicas, cuando son de una determinada frecuencia, indican que acecha un peligro al enjambre, mientras otras como los zumbidos de sus alas indican, por ejemplo, que su madre ha muerto y decimos que la colmena ha quedado huérfana, es decir sin reina. Otros tipos de zumbidos los utilizan para indicar al enjambre el camino a seguir en los desplazamientos sin alzar el vuelo. A su vez, tienen muy perfeccionado el sistema de emisión de señales visuales, como veremos más adelante, pero son las señales químicas la clave para su desarrollo y supervivencia.

Las señales químicas: Las feromonas

La más simple de éstas es la emisión de veneno como señal de alerta para iniciar una ofensiva ante la amenaza de cualquier intruso. Las señales químicas más complejas son las feromonas emitidas por la reina, no sólo como orientación-atracción del/los macho/os en el vuelo nupcial, sino también dentro de la colmena, impregnar a todos los individuos para darles identidad olfativa sobre a qué colonia, y no otra, pertenecen y no sufrir errores de “domicilio” al volver de recolectar alimento. Estas hormonas volátiles, al parecer, también influyen en el desarrollo fisiológico de las obreras. Es más, se especula en que sobre estas feromonas se sustenta un “espíritu grupal” que sería, a nivel zoológico, el responsable de la conducta conjunta y, en consecuencia el sobrevivir, de todo el enjambre.

Parte de un panal de abeja

La reina: la generadora de feromonas

En la práctica, cuando muere la reina, la probabilidad de recuperar la colmena no llega al 50%, pese a los esfuerzos del apicultor en aplicar todas las técnicas recomendadas, incluida la introducción de otra reina.

Aristóteles y las abejas

Fue Aristóteles, 350 años a.C. quien ya se interesó por estos insectos. Fue el primer humano en percatarse -y dejarnos escrito- que existía una abeja diferente a todas las demás y era única. La llamó rey y pensó que sobre él recaía el poder de gobernar al enjambre. Más tarde, se descubrió que era hembra y que su misión era simplemente reproductora, pues no regentaba ningún tipo de poder. Los apicultores franceses, suelen llamarle la mère (la madre) con mucho más acierto. En muchos pueblos, de habla catalana, es frecuente llamarla también la mare o la mareta.

Un Nobel en Apicultura

Un gran paso en el conocimiento de las abejas, lo debemos al zoólogo austríaco Karl von Frisch. A caballo entre Viena y Múnich, estudió y se formó en zoología recibiendo en 1973 el Premio Nobel en Fisiología y Medicina. En su larga vida, de 96 años, realizó trabajos sin igual en el mundo de las abejas, descubriendo la banda de frecuencias del espectro de luz visible a sus ojos, la elevada sensibilidad al sabor dulce, o la indiferencia frente al sabor amargo, o la orientación mediante su sistema de captación de luz polarizada. Pero fue con elementos tan simples como varios recortes de cartulinas de colores y unos pequeños recipientes, que sólo contenían agua azucarada, lo que le ayudó a determinar y entender el original sistema de comunicación o “lenguaje de las abejas”.

De forma resumida, cuando una abeja localiza una fuente de alimentación, bien sea néctar, polen, propóleos o agua, carga todo cuanto puede y vuelve a su colmena. Una vez dentro, inicia una danza dibujando un 8 de modo que su eje longitudinal apunta a la dirección física del lugar donde está la comida. La velocidad a la cual se mueve, y la vibración de sus alas, guardan estrecha relación con la distancia y la clase de alimento localizado. Sus hermanas obreras captan fácilmente toda esta información y rápidamente salen al campo para pecorear en el mismo sitio. El proceso se repite, exponencialmente hasta que toda la población disponible acude al mismo lugar, a veces en cuestión de minutos, y sólo se interrumpe cuando se acaba el alimento, cuando se encuentra otra fuente de alimentación (preferible por su mejor calidad o por su menor distancia), y cuando llega la noche.

Fases en el desarrollo de un zángano

Pero las abejas no saben escribir

Es muy interesante el sistema de comunicación de estos himenópteros que demuestra un nivel de inteligencia bastante evolucionada. Sin embargo, después de muchos años de observación, personalmente, nunca he encontrado ningún vestigio de registro voluntario dentro de la colmena para que otra abeja puede interpretar, más tarde, algo que su hermana había hecho, o querido decir, en un tiempo anterior. Y no es por falta de habilidad, porque la capacidad de construcción de las abejas no se limita sólo a moldear la cera para fabricar los admirables panales de celdas en hexágono perfecto, sino que construyen también, mediante una masilla a base de propóleos y cera, los túneles necesarios para captar el aire del exterior y acondicionar su vivienda con una temperatura constante, que en el nido de cría es de 35,5 ºC, día y noche, tanto en verano como en invierno.

Tal vez esa incapacidad de registrar, cuanto sí eran capaces de transmitir, ha sido entre otros muchos factores la causa de que las abejas no hayan evolucionado y se hayan quedado tan lejos por detrás del hombre.