La goma de borrar

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LA GOMA DE BORRAR

Siempre fue un problema, ¡borrar! Todavía hoy sigue en mi memoria aquel esfuerzo en querer hacer desaparecer aquello que se había escrito mal. Ni recurriendo a trucos como ayudarse con una hoja de afeitar, ni mojando un poco la goma, nunca lo conseguí, nunca me sentí satisfecho. Ponía todo mi empeño en conseguirlo, no había manera, siempre quedaba una señal que delataba el error cometido. El maestro, buen observador, al corregir, lo veía inmediatamente, por lo que restaba puntuación. Creo que lo mismo ocurría a muchos otros, no se, eso a mi no me consolaba. Corrían aquellos años mozos en que en cada estuche escolar nunca faltaba la inseparable “MILAN”, así, con mayúsculas.

Era ya mayor cuando descubrí lo que se llama o llamó “Tempera”, un líquido blanco que aplicado sobre lo escrito hacía que quedase escondido, desaparecido o borrado, no se muy bien. Siempre quedaba una mancha blanca que delataba dónde había habido un error. Recuerdo que en cierta ocasión fui a la S.S. a presentar un impreso que había rellenado la empresa para la cual había trabajado. Había en aquel impreso tantas manchas blancas que puse en duda que lo admitiesen, confieso que lo pensé, y pensé también en mi maestro, ¿qué hubiese opinado él?.

La máquina de escribir fue mi descubrimiento al progreso. Lo escrito quedaba más claro. También era más rápido. Cuando había un error se cambiaba el folio y ya está, nadie se enteraba. No era, desde luego, una solución ideal, pero tampoco era mala.

Dejar rastro de lo que has hecho mal, aunque se haya corregido, te delata, podrá Vd. decir para animarme que rectificar es de sabios, pero no es menos cierto también que equivocarse es de humanos y también de torpes. Así es que mejor no se sepa.

Ahora soy más mayor que cuando era mayor. Ya no empleo la inseparable MILAN de mi juventud, ni la tempera que usé cuando dejé de ser joven, ni tampoco tengo que cambiar el folio de la máquina de escribir. Ahora tengo el problema solucionado, borrar ha pasado de ser lo más difícil para mí a ser lo más fácil, más fácil que cualquier otra cosa. He conseguido lo que nunca ni siquiera había soñado, ¡borrar sin dejar rastro! Casi no me lo puedo creer, hoy soy capaz de presentar un escrito al cual he hecho más de una rectificación y nadie, absolutamente nadie, incluso mi maestro, sería capaz de descubrir. ¡He llegado a la perfección! ¡EUREKA!.

Tengo dos teclas en mi ordenador en las cuales tengo puestas todas mis miradas. No las quiero ni prestar ni vender, nunca me separaré de ellas. Han sabido ganarse mi corazón, no me importa confesarlo públicamente. ¡Os quiero! Cuento con vosotras. Sois la culminación de mis sueños.

¡GRACIAS POR ESTAR AHÍ! Agustín Esteller 1-A